Les cuento, queridos dos lectores, que el lunes 22 de mayo fue feriado en Canadá, se celebró el Día de la Reina (y en Quebec el Día Nacional de los Patriotas, ya saben que esta provincia se cuece aparte). El chiste es que estábamos en la casa cuando de repente vi algo en mi Timeline que no entendí muy bien al momento, algo de un concierto de Ariana Grande en Manchester. Cuando leo esas cosas siempre pienso « seguro fue sólo un accidente o explotó una bufa », pensamiento de chilanga acostumbrada a las maravillas del Centro Histórico.

Las noticias empezaron a llegar, y por desgracia cada una era peor que la anterior. De repente caí en cuenta de que el concierto esta vez no era de Eagles of Death Metal, sino de una cantante pop que entre sus seguidores tiene a muchos niños, honestamente me dio horror pensar que alguien hubiera querido lastimar a niños. Se confirmó que había muertos y heridos, más tarde se empezó a hablar de números… de una manera medio inconsciente uno siempre espera que no haya críos entre los fallecidos. Tristemente, los hubo.

Creo que es muy difícil explicar la sensación que provoca el terrorismo, puedo ir al lugar común y decir que la gente tiene miedo, pero que uno no puede dejar se hacer su vida y darles gusto a los criminales, pero es complicado comprenderlo realmente cuando uno vive en México, y no es que nuestro país sea intocable, pero francamente me cuesta imaginar a algún grupo radical queriendo atentar contra la tierra del tequila… vaya, han de pensar que suficiente  tenemos con políticos y narcotraficantes (que nunca se sabe cuál es peor). Sin embargo, acepto que una vez ya conocí ese miedo y es una cosa muy extraña: Regresábamos de unas vacaciones, en casa de la familia del franchute, estábamos en fila para pasar el primer filtro de seguridad en el Aeropuerto de Orly en Paris, yo, como de costumbre, papaloteando, hable y hable aturdiendo al resignado dueño de mis quincenas, cuando vi que la gente empezó a preguntar en voz alta quien era el dueño de una mochila que estaba solilla en el piso, como a un metro de mi. Era una mochila negra, de ese tipo gimnasio, sin marcas, ni etiquetas ni nada. La gente empezó a inquietarse y alejarse lentamente de la mochila y llamaron a los de seguridad del Aeropuerto mientras yo no sabía qué hacer. La sensación de ver una maleta que podría estar llena de explosivos, ver a la gente asustarse, voltear esperando que alguien diga « perdón, es mía, no pasa nada », hace  parecer que el tiempo es largo mientras en la mente te pasan todas las cosas que has visto en los noticiarios y recuerdas que estás en un lugar donde esas cosas sí pasan. Es una sensación de miedo que no conocemos en México (y eso que en México tenemos dominadas muchas otras facetas, pero justo esa, no se la manejamos, güerito). Finalmente, apareció un sujeto mal encarado y sin decir « disculpen ustedes el microinfarto que acabo de provocarles » agarró la maleta y se formó con ella, mientras los demás íbamos recobrando el color poco a poquito.

Ese es el temor que provoca el terrorismo, nunca sabes si en el metro, en el teatro, en un concierto, en el aeropuerto o en la calle, tu vida está en peligro, nunca te sientes seguro… Desde aquí, acompaño con mi corazón a las familias de los heridos y muertos del atentado en Manchester, agradezco que en México no sean vividas ese tipo de situaciones y ruego porque jamás lo sean.  Los muertos duelen, no importa su nacionalidad, su color o su circunstancia… aunque tengo que confesarles que a mí sí me importa su edad, cuando son niños siento que se me hace una bola en el pecho y pienso en sus padres y aunque no tengo hijos, no puedo evitar las lágrimas. Nadie en el mundo debería vivir tal pérdida.

No quiero dejarlos con el corazón hecho estropajo, estimados lectores, así que me despido con una reflexión feliz y colorida: Imagínense mi emoción, cuando vi la foto en la que están Gael García, Salma Hayek, Diego Luna (mi Dieguito, aunque él no lo sepa), Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Emmanuel Lubezki y Alfonso Cuarón posando en la alfombra roja del Festival de Cine de Cannes (que como cápsula cultural, se pronuncia « Can »)… corrí a decirle al franchute « mira que hermosa foto, puro mexicano chingón (ofrezco disculpas a sus virginales ojitos, pero así le dije), este es el verdadero Mexican Power »… y así me seguí, dejándome ir como gorda en tobogán, deshaciéndome en halagos hasta que me di cuenta de que el franchute se había ido a su lugar feliz y hacía rato que no me escuchaba… y luego, el video de ellos mismos cantando con un mariachi que Doña Salma contrató … esa ya fue la apoteosis de mi felicidad, lo repetí y lo repetí. Me daba risa ver a toda la élite del cine mundial ahí, como tímida y arrimadita para que les tocara un poquito de fiesta, como si por primera vez en sus vidas pensaran « Changos, que padre ha de ser mexicano, tomar tequila y tener amigos con quienes  abrazarse y cantar a todo pulmón con el mariachi», Y sí, en efecto, es lo máximo.

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