Informador Independiente/Ana L. Vilches.- Mi primer parada escolar bilingüe fue el Kinder Butterfly, en Coacalco,  Estado de México (mi Tangamandapio personal); después pasé los 6 años de primaria tomando clases de inglés dos veces a la semana, en la secundaria volví a empezar desde cero y en la prepa, igual (así es la SEP). Cuando acabé la prepa me topé con la huelga de la UNAM y me dediqué un año a estudiar inglés (yo digo que ‘me dediqué’,  pero en realidad mi mamá me fue a inscribir porque no me quería de inútil en la casa… tough love de mamá mexicana)… cuando terminé todos los niveles, tenía 18 años y un inglés decente. Desde ese momento,  el hecho de poder desenvolverme de manera más o menos  respetable en ese idioma me abrió la puerta a muchas oportunidades en México (incluyendo mi primer viaje a Europa -todo pagado- porque en mi trabajo nadie quiso tomar un curso de 2 semanas en Suecia: era 100% en inglés), un país donde hablar otro idioma no es prioridad.

Años después, ya entradita en los 30’s se me ocurrió la brillante idea de aprender francés… y ahí empezó la rebambaramba… quién haya estudiado un tercer idioma sabe de lo que hablo: una frase con palabras de distintos idiomas, conjugaciones en un idioma con verbos del otro, reglas gramaticales revueltas, pronunciaciones  al revés… ese momento en el que sientes que no sólo no aprendes el tercer idioma sino que olvidas el segundo y todo lo pronuncias como en el primero… ¿Han escuchado el acento de Salma Hayek o Penélope Cruz? … estás dos damas – que son el sueño pecaminoso del franchute- no hacen ningún esfuerzo por esconder su origen cuando hablan el idioma de Shakespeare y yo (aquí, me detengo, hago acto de contrición y me autoflagelo en repetidas ocasiones)… las critiqué por ello durante muchos años… yo, muy mal.

Ahora que vivo en una ciudad quasi-bilingüe (más franco que anglo parlante, pero igual bilingüe) he escuchado asiáticos, africanos, orientales y angloparlantes hablando francés y créanme que hay que hacer un esfuerzo para entendernos… no siempre usamos la gramática correcta, pero logramos lo más importante, el principio básico de la comunicación: expresar una idea.

Cuando me entrevistaban para el trabajo que tengo hoy, conocí a mi jefe, que a pesar de ser originalmente francoparlante, habla inglés y en una sola frase usa los dos idiomas… después escuché a mis compañeros con sus acentos venezolano, francés, árabe, quebeco, filipino o puertorriqueño y vi que nadie intentaba camuflajear su origen… me pregunté por qué siempre me empeñé tanto (con éxito, hay que decir) en hablar como ‘nativa’ (¡ja!)… ¿Será que por mucho que amemos a nuestro país arrastramos una xenofilia/ malinchismo que estás metida en nuestra médula? ¿Será sólo que somos simplemente perfeccionistas?  No lo sé, pero enmedio de esto he comprendido que no hay razón para intentar borrar nuestro acento…

Hace unos días leí una nota que decía que una persona había llevado a su papá (que es latino) a ver Rogue One y que les había significado mucho que mi charolastra favorito, Dieguito Luna  (soy su fan desde 1999 que apareció en «La vida en el espejo», por si querían saber), hubiera conservado su acento hispano cuando habla inglés… y me di cuenta de la importancia del acento… ¡es parte de nuestra identidad, de nuestro orgullo!… ver gente exitosa  (Salma, Gael, Diego, El Negro Iñárritu) con el mismo acento que nosotros nos inspira,  nos da fuerza y nos recuerda que no hay límites, que podemos llegar hasta donde queramos y seguir siendo fieles a nuestra identidad.

Así que si alguien por ahí  (mexicano o no) está viviendo el periplo de aprender otro idioma, no se estresen por disimular el código postal… somos quienes somos y debemos orgullecernos de nuestro origen y cultura, aprendan nuevas lenguas, conozcan otros modos de vida, ábranse a otras ideas y coman otras comidas… pero no olviden donde empezó todo.

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