Informador Independiente/Ana L. Vilches S.– Esta semana, finalmente, después de mucha reflexión, decidí hacerle caso a la sutil sugerencia del franchute y volver a hacer ejercicio. Quien me conoce sabe que muchos gimnasios de México deberían tener una placa conmemorativa agradeciendo mi donación, porque siempre he pensado que pagando uno ya hace un esfuerzo ¿no debería ser eso suficiente para bajar de peso y mantenerse saludable? ¿Por qué además de pagar hay que ir? Yo generalmente pago y voy una vez, dos si me gustó mucho… pero finalmente di mi bracito de cuino a torcer y me decidí a ir, nomás que se me ocurrió empezar ¿por qué no? en miércoles mitad de semana. Tomé mi mochila, metí ropa, tenis, traje de baño, toalla, artículos de baño, peine… todo lo posible para que no hubiera pretexto. Llegué a la YMCA (sí, yo también lo digo cantando), me vestí para la ocasión y después de verificar que llegaba tarde para tomar la clase de zumba, me dirigí al gimnasio, donde después de 50 agonizantes minutos en la bicicleta estática, recordé lo injusta que es la vida: sólo se habían quemado 300 calorías. Me bajé, con las piernitas de bambi, pero fingiendo que todo estaba bajo control, limpié la bici y me fui a bañar.
Estando en el vestidor recordé lo agridulce que puede ser la experiencia. No sé a ustedes, pero a mi nunca se me ha dado eso de quitarme la ropa y pasear mis carnes por todo el vestidor como si nada. Llámenme mojigata, pero todavía me ‘shockea’ voltear y ver a mi vecina de locker sin calzones, secándose el cuerpo… sin importar las dimensiones de este. En este lugar en particular, sólo hay dos espacios cerrados con cortinita para cambiarte de ropa, y como somos muchas, hay que desvestirse en los pasillos entre los lockers. Madre de Dios. Imagínenme sosteniendo las esquinas de mi toalla con los dientes para cubrirme mientras me cambio de ropa… no, mejor no me imaginen ¡El punto es que es sumamente complicado, porque tengo mi pudor!
Contra todo pronóstico, fui de nuevo al día siguiente; el jueves sí alcancé la clase de zumba. Quien haya tomado una clase de este tipo en algún país que no esté dentro de América Latina, sabrá a lo que me refiero cuando digo que es facilísimo identificar a las latinas en una clase. Jiji. Se notan desde un avión el ritmo, y la falta de. Sin embargo, confieso que para ser alguien con espíritu salsero, de manera inexplicable tengo pésima coordinación.  Soy la clásica gordita que va a la derecha cuando todas van a la izquierda y se agacha cuando hay que levantarse; hace tanto que no hacía ejercicio que había olvidado que mi dignidad se ve amenazada por esta clase de actividades.  Para evitar el total ridículo, decidí que iba a concentrarme en las piernas, sigo el paso y no me importa no mover los brazos, no obstante, en esta ocasión, los espejos del lugar me revelaron una cosa terrible: ya bailo como tía abuela. ¿Se acuerdan de las navidades de su infancia? ¿de sus tías bailando «bomboro quiña quiña»? ¿recuerdan que bailaban con los brazos doblandos con la muñeca a la altura de la bubi y sólo movían los codos para pegarlos y separarlos del cuerpo? Bueno, pues cuando me mire (de reojo, porque si me pongo atención, pierdo el paso) la triste realidad apareció ante mis ojos,  a mis 35 años, bailo como tía abuela.
Mientras reflexionaba lo rápido que se me fue la juventud, reparé en una morena que estaba enfrente. La clásica chica de gimnasio, con leggins negros, top negro, coleta perfecta, cuerpo atlético y un ritmo asesino. Para colmo, dado que estaba frente a mi, cada vez que ella se movía podía verme, con mis 7 kilos de más y bailando como si fuera a celebrar el fin de año de 1957… La odié, pero no pude dejar de verla toda la clase.
Cabizbaja y meditabunda volví al vestidor, mientras me preguntaba dónde estaban las endorfinas que me habían prometido después de una hora de ejercicio, me enfrenté a la consabida batalla de quitarme la ropa sudada mientras trataba de cubrir mis partes pudentas y luego, a la ducha. Al salir, descubrí algo que hizo mi día. ¿se acuerdan los aparatos que hay para secarse las manos en los baños del VIPS? ¿esos que les aprietas un  botón del tamaño de la palma de tu mano y sale aire caliente mientras hacen un ruido del demonio? pues aquí pusieron los mismos, pero a 1.70 m de altura… ¡son para que te seques el cuerpo con airecito caliente! ¡bendito sea quien haya tenido esa idea!
El mejor momento de la experiencia deportiva es, definitivamente, pararme, con mis 1.55 m de estatura, a secarme el puerquecito. No le apreté una, ni dos veces, fueron cuatro. Lo amo.
Sólo fueron dos días porque el viernes tenía algo de vida social, y aunque sigo pensando que el ejercicio es una reminicencia de las torturas medievales, me comprometo a no dejar de hacerlo… no esta semana, cuando menos…