Ana L. Vilches S.

 

 

 

 

 

Informador Independiente/Ana L. Vilches S.- Ahí tienen que la primera vez que vine a Montreal, en abril del 2013, no entendía cómo las chicas podían salir en minifalda y/o escote y/o sandalias cuando estábamos a 10 grados centígrados… yo (enfundada en abrigo de Federica Peluche) las miraba beberse una cerveza «tomando el sol» y me preguntaba qué tenían en la cabeza. Hoy lo entiendo. Tenían 6 meses  de invierno. 6 meses de encierro en sus casas vistiendo como esquimales a cada salida y viviendo con temperaturas de oso polar. Tuvieron que ponerse ropa térmica bajo los jeans, calcetines de lana, botas de nieve, abrigo, bufanda, gorro, guantes y orejeras diariamente durante mas o menos 180 días; tuvieron que secarse el cabello diario antes de ir a trabajar, porque si salían y aún estaba húmedo, dependiendo de la temperatura, se les congelaba y rompía, o se enfermaban; tuvieron que caminar con un pañuelillo desechable en la bolsa, porque en las temperaturas más frías se te salen los mocasines y ni cuenta te das; tuvieron que aceptar que su cabello nunca se iba a ver bien y no habría peinado que les durara  como resultado de estar quitándose y poniéndose el gorro todo el día; tuvieron que ponerse cremas especiales en la cara porque el frío quema la piel  y la calefacción la seca  … entonces si después de sobrevivir a todo eso las señoritas quieren salir en bikini a tomar una cerveza en la terraza ¡Que se la tomen, chihuahua! ¡Lo merecen! ¡cómo carambas no!

Aquí, abro un pequeño paréntesis para acotar que una gran habilidad que han desarrollado los sistemas informativos canadienses es que son prácticamente infalibles cuando de pronósticos meteorológicos se trata. Se podrían equivocar en lo que sea, pero si los señores (porque aquí no ponen chicas en vestidos pegaditos para que les veas las nailons en lugar del mapa)  dicen que va a nevar, neva; si dicen que va a llover, llueve y si dicen que mañana va a estar soleado, así hoy se esté cayendo el cielo, dime cuanto apuestas que mañana sale el sol (si la cantaron, ya son más que adultos contemporáneos). Entonces, uno puede saber cómo va a estar el clima desde una semana antes y créanme que todos esperamos con ansia loca el día que la temperatura va a subir un grado o dos.
Pero eso, damas y caballeros, con el pecho henchido de emoción, les informo que se acabó, es cosa del pasado, hoy, en esta isla vivimos la primavera… (de fondo se escuchan aplausos ensordecedores y se ven  los ojos húmedos de los sobrevivientes al invierno del país de la miel de maple). Hoy tuvimos 18 grados centígrados.
Ahora, acá entre nos, ya que estamos en confianza les voy a hacer una confesión, y no es que les quiera ponchar su globo a los canadians, pero en secreto he de aceptar que ando un poco cabizbaja, porque lo mío, lo mío, es el invierno.
Ya me imagino lo que debe usted estar pensando, señor lector, pero no, no me le caí a mi mamá de chiquita, es simplemente que mi personalidad es de invierno. Punto. Amo los abrigos (me tapan los kilitos de más, así que podría usarlos toda la vida); adoro ver la nieve caer, caminar en ella y ver los paisajes nevados no tiene comparación; tomar chocolate caliente hecho por las manetetitas del franchute es lo máximo y el vino caliente es un feliz descubrimiento de estas temperaturas… pero les voy a decir la reina de las razones, la que nadie –  a menos que sea entomólogo- podrá debatir: en invierno NO HAY INSECTOS. Gracias.
¿Un ejemplo? Por supuesto… Hoy, por primera vez, las paredes de mi cocina están tapizadas de mosquitos, porque para colmo (¿por qué no?) vivimos a una cuadra del Río Saint Laurent ¿otro? hace unos días me iba a meter a bañar cuando en el piso de la tina caminaba muy quitada de la pena una araña… quienes me conocen sabrán el enorme sentimiento de vulnerabilidad que me invadió al estar ahí,  en traje de rana, viendo a ese bicho pasearse por mi baño… pero sé que no será la última, porque esta es oficialmente la temporada de los arácnidos, y yo, siento que empiezo a hiperventilar de sólo pensarlo.
¿Necesito agregar que odio que me de el sol en la cara porque me reaparece la mancha de Gorbachov que me salió en ese primer verano por aquí? ¿o que detesto andar toda sudada, pagajosa y apestosa bajo temperaturas de treinta y tantos grados? No ¿verdad? ni para qué echarle más leña al fuego.
Como verán, soy como el grinch, pero al revés. No es que odie el verano… pero si pudiera elegir, tomaría un mes de verano, intercalado entre los otros 335 días de invierno, jeje… pero no se lo digan a los canadienses, porque me arriesgo a ser tratada como paria, aquí los más sagrado que existe es el verano.
Me despido de ustedes, queridos lectores,  mientras tres mosquitos me miran con desdén desde la pared … se aceptan sugerencias para deshacerme de ellos, porque si no lo logro, no garantizo sobrevivir a esta temporada.